El indicador más alto se registra en personas menores de 30 años, según encuesta de la UAI:
Ocho de cada 10 trabajadores dicen desconfiar de los sindicatos y suspicacia es mayor en jóvenes
09.12.2016

La crisis de confianza en las instituciones, un mayor individualismo social, falta de sintonía entre la dirigencia y la plantilla y la poca representatividad son algunas de las razones que explican el fenómeno.  


El 82,2% de los trabajadores desconfía de los sindicatos, según una encuesta nacional de la Universidad Adolfo Ibáñez (UAI) aplicada a 636 chilenos ocupados en junio de este año. “Vivimos una crisis de confianza y de legitimidad de las instituciones, de la cual el sindicalismo no es indiferente”, afirma María Ester Feres, directora del Centro de Relaciones Laborales de la U. Central y ex directora del Trabajo.

Wenceslao Unanue -director del Instituto del Bienestar y uno de los tres académicos de la UAI responsables de la medición- agrega que el actual modelo económico debilita esta figura de organización laboral: “Es un sistema individualista, donde se impulsa a que el trabajador trate de solucionar los problemas por sí mismo, justamente lo contrario a los sindicatos”. El mayor grado de individualismo explicaría por qué entre los jóvenes hay aún más desconfianza hacia los sindicatos, afirma Unanue.

Según los datos, entre quienes tienen 20 y 30 años el indicador alcanza al 84,5%, mientras que entre los mayores de 61 años llega al 66,7%.

La encuesta de la UAI revela además que la desconfianza hacia gremios sindicales es transversal y muy similar en los distintos grupos socioeconómicos. En términos políticos, quienes se califican de izquierda desconfían menos de los sindicatos (63,2%), mientras que el 93,2% de los consultados que se definen de derecha declaran su recelo frente a las organizaciones gremiales de trabajadores.

Para Huberto Berg, experto en relaciones laborales y socio de Berg Consultores, estos números se explican por la falta de sintonía que se percibe entre los dirigentes y la plantilla: “Una vez que llegan al cargo, dejan de trabajar y se empiezan a distanciar de los problemas de las personas”, asevera.

Otro elemento que separa a los colaboradores de sus representantes y que les provoca recelo es la actitud crítica que tenderían a adoptar los sindicatos y que no siempre es compartida por los trabajadores. “La gran mayoría quiere trabajar, aportar y crecer en sus empresas, por lo que esta figura de solo pedir y no dejar operar no va mucho con ellos”, acota Berg.

Por su parte, María Ester Feres estima que el problema pasa porque los sindicatos son débiles y atomizados, por lo que no pueden cumplir bien sus funciones: “Hay una dificultad de incorporar a una masa laboral con alto grado de precariedad, ya sea por la alta rotación en el empleo o porque hay mucho contrato temporal”, subraya.

El subsecretario del Trabajo, Francisco Díaz, cree que detrás de esta falta de confianza hay un fenómeno de desconocimiento. “Los trabajadores de empresas que tienen sindicato disponen de altos grados de confianza y valoración hacia su labor. A su vez, quienes no lo tienen muestran mayor desconfianza o temor”, sostiene.

Hay poco más de un millón de personas sindicalizadas

El gran efecto de esta desconfianza en los sindicatos es la baja participación en ellos. Según datos de la Dirección del Trabajo, a noviembre, el número de afiliados durante 2016 llega a 1.124.507 personas, apenas el 14% del total de ocupados en el país.

Huberto Berg considera que muchos trabajadores no sienten interés de pertenecer a este tipo de agrupaciones porque tienen una buena relación con su empleador. “Si la empresa se preocupa de atender a su personal como corresponde, la gente muchas veces dice ‘yo no necesito sindicato’”, indica.

Sin embargo, Unanue estima que es un error debilitar a esta figura y hace ver que “se requiere de una entidad que no le tenga miedo al jefe y que transparente los problemas de los empleados de la organización. Sin un sindicato es muy difícil que una persona vaya a conversar de estos temas con sus superiores”.

Para solucionar el escenario actual, Berg estima que la sindicalización obligatoria sería un error. “Más que andar buscando leyes que impongan afiliarse, los dirigentes debieran preocuparse de ser más propositivos, para encontrar soluciones en conjunto al problema de la productividad, por ejemplo. Cuando cambien de postura, va a haber más gente dispuesta a seguirlos”, afirma.

Feres ve difícil que exista este tipo de relación en las circunstancias actuales. “La colaboración se da entre iguales, exige también un empleador que trate con dignidad, que tome en cuenta la opinión de sus colaboradores”, subraya.

En esa misma línea, Unanue indica que es clave hacer partícipe a la dirigencia en las instancias de decisión: “Se les debiera invitar a participar en los comités de gerencia y que conozcan las determinaciones estratégicas de la compañía”.

María de los Ángeles Pattillo 


Fuente: El Mercurio