Factores culturales influyen en la baja participación laboral de las mujeres
24.10.2017

La Comisión Nacional de Productividad dio a conocer las cifras de participación laboral femenina en Chile, indicando que es la peor de Sudamérica. Según datos de la encuesta Casen (2015) la participación laboral de las mujeres es de un 47.4%. Esta condición de desigualdad se profundiza si analizamos los datos aportados por Clapes (PUC) en 2017, que plantea que del total de empleos de las mujeres, un 88% de ellos son por cuenta propia y de éstos un 74.9% se realizan en la calle, y que en promedio les ofrecen un ingreso de 200.344 mil pesos.

El Fondo Monetario Internacional (FMI) plantea que en Chile desde el año 2011 hay estancamiento en la participación laboral femenina, lo que hace urgente la necesidad de impulsar políticas públicas que incentiven y posibiliten la contratación de las casi 4 millones de mujeres que estando en edad de trabajar, se encuentran inactivas laboralmente. En este sentido los datos son decidores: de cada 10 mujeres inactivas, 4 de ellas argumentan no hacerlo por razones familiares.

Pero ¿por qué el cuidado familiar es un obstaculizador de la participación laboral femenina? ¿Qué significa esto? Tradicional y culturalmente cada una de las mujeres asume desde su niñez, y de forma sistemática, la crianza, las tareas del hogar y la presencia para con los otros como características propias y esenciales de la condición femenina. En este aprendizaje sociocultural de la identidad de género, es que aparece el rol de las mujeres como pilar fundamental de la crianza y las labores del hogar.

A modo de ejemplo, y según resultados de la Encuesta Bicentenario (2013) un 46,7% de las y los chilenos cree que es mejor para la familia que el hombre trabaje y la mujer se quede en casa. Por otro lado, un 59% de los mismos encuestados cree que la mujer debe postergar su desarrollo profesional a favor del apoyo de la carrera profesional y laboral de la pareja. Este posicionamiento obedece a la segregación patriarcal del mercado laboral que contribuye a reproducir y perpetuar los estereotipos de género relacionados con ciertas características, funciones y roles asignados a las mujeres: cuidado, protección, reproducción.

Además es importante mencionar que en el caso de los hombres, existe paridad respecto a su participación en los diversos sectores de la economía, no como sucede con las mujeres, donde es posible encontrar subsectores de la economía que están feminizados, como es el caso del sector servicios.

Buenas prácticas

Diversas instituciones, nacionales e internacionales, lo han dicho: es crucial promover y consolidar políticas públicas que se orienten a la búsqueda de equilibrar las experiencias del mundo doméstico y el mundo del trabajo remunerado, entendiendo que ambas dimensiones son fundamentales en el desarrollo de las personas y el alcance del bienestar de un país.

El desafío de las políticas públicas, entonces, se sitúa en promover buenas prácticas laborales, desde un enfoque de género, pero que además impacten sobre la vida cotidiana, íntima y familiar de mujeres y hombres. Por ejemplo, ampliar la cobertura de salas cunas, after school u ofertar una red mayor de cuidados para adultos mayores y/o personas en situación de discapacidad. Políticas públicas que cuenten con una visión integral del sistema de relaciones sociales, y una fluida coordinación entre los diferentes organismos públicos y privados, actores, instituciones, organizaciones, además de prolijas y constantes regulaciones.

Equidad de género

Un elemento que se debe trabajar de manera paralela, tiene que ver con las transformaciones culturales que requiere nuestro país en materia de equidad de género.

Se deben romper estereotipos de género, que muchas veces promueven cuestionamientos sobre las propias capacidades de las mujeres. Existe evidencia respecto de que muchas mujeres plantean abandonar trabajos de alto mando a causa –principalmente- de dos factores: insatisfacciones que se originan en la necesidad de explorar y desarrollar esferas de la vida que tradicionalmente se han constituido como femeninas; y por otro lado, por el alto nivel de exigencia, cansancio y estrés que supone responder y cumplir en un mundo laboral con demandas y tiempos “hechos para hombres”.

Esto último, si bien indica que existe una tendencia entre las mujeres que estamos en edad de trabajar para concretar los deseos y la necesidad de trabajar y estudiar, ésta se encuentra muy por debajo de los niveles de participación que tienen los hombres en el plano de lo doméstico, el cuidado y responsabilidad de los distintos miembros de la familia. Como hemos visto, para ello es crucial el desarrollo de prácticas de igualdad, tanto desde las políticas públicas como desde el interior del hogar.

Beneficios

Es necesario ampliar la integración de las mujeres hacia el mundo del trabajo asalariado, ya que genera beneficios económicos de gran envergadura. En la microeconomía contribuye a fomentar la movilidad social, y en los aspectos macroeconómicos, favorece el aumento del Producto Interno Bruto del país, entre otros.

Considerando lo anterior, y los múltiples beneficios que involucra la participación laboral femenina, se deben promover soluciones de trabajo flexibles que permitan conciliar el trabajo con la vida familiar, además de compartir responsabilidades de crianza y del hogar con los otros miembros de la familia e instituciones, según se requiera.

Alina Muñoz Rojas
Académica de Ingeniería Comercial
Universidad San Sebastián


Fuente: Diario Concepción